Genís Roca, 23 de abril de 2026
Un día de Sant Jordi como hoy, hace veinte años, el domini .cat se abrió al público. Visto con perspectiva, aquel hecho aparentemente menor en el panorama de una Internet en expansión tuvo mucha más importancia de la que en aquel momento sus impulsores podían imaginar. No se trataba solo de incorporar una nueva terminación a las direcciones digitales que hoy utilizan más de 117.000 personas, empresas, entidades e instituciones. Ni siquiera de dar visibilidad a una comunidad, la nuestra, con una lengua y una cultura particulares. Lo que estaba en juego era una idea mucho más profunda, que el paso del tiempo ha hecho aún más evidente: si Internet debía ser una representación del mundo, también debía ser capaz de representar su diversidad.
Esta es, probablemente, la gran aportación del .cat. No nació para defender una singularidad folclórica ni para reclamar un trato de favor para los catalanohablantes. Nació para demostrar que la red podía ser más justa y más precisa si reconocía las comunidades culturales y lingüísticas existentes en el mundo físico y les daba voz y espacio propios en el mundo digital. En este sentido, el .cat no ha sido útil solo para los catalanohablantes. Ha sido útil, sobre todo, para Internet. Nuestro dominio abrió un camino que después han seguido otras comunidades de todo el mundo. Y contribuyó a consolidar una idea que hoy, lamentablemente, aún hay que defender: que la pluralidad lingüística y cultural no es un problema a gestionar, sino una condición de posibilidad del mundo digital.
Durante estos veinte años, el .cat ha hecho exactamente eso: afianzarse como una infraestructura útil, de calidad y con vocación de servicio público para la comunidad catalanohablante. Ha ayudado a personas, empresas, entidades e instituciones a existir en la red sin tener que renunciar a su identidad, con un posicionamiento claro ante el mundo y con capacidad de control y transparencia sobre su presencia digital. El .cat ha demostrado que una lengua, cualquier lengua, no es solo un marcador cultural, sino también una herramienta de relación, de confianza, de actividad económica y de producción y difusión de conocimiento. Y ha confirmado que, cuando una comunidad se organiza y se moviliza, puede construir un ecosistema tan vibrante como estable para proteger y ejercer su soberanía digital.
Ahora bien, a pesar de la efeméride redonda y de unas cifras récord de registros, el aniversario importante no es solo el de los veinte años que dejamos atrás. Es sobre todo el de los veinte años que ahora empezamos. Porque Internet, y el mundo con ella, están cambiando de nuevo. La inteligencia artificial no es solo una tecnología más a nuestra disposición: su irrupción y la generalización de su uso configuran una nueva capa de infraestructura que reconfigura el acceso al conocimiento, la producción cultural, la educación y la actividad económica. Igual que en su momento Internet alteró la circulación de la información, como siglos atrás lo había hecho la imprenta, ahora es la inteligencia artificial la que altera la manera en que esa información se procesa, se interpreta y se transforma en respuestas, recomendaciones y decisiones que tienen consecuencias en nuestra vida cotidiana.
En este nuevo contexto, el reto del catalán no es solo estar. El reto es estar de manera relevante, con calidad y con capacidad operativa. No basta con que una máquina pueda respondernos en nuestra lengua si lo hace a partir de referentes ajenos, de un corpus pobre o de un imaginario sesgado, decidido por algoritmos sobre los que no tenemos ninguna influencia. Ya no discutimos solo si la lengua es visible, sino si es estructuralmente útil dentro de los sistemas que ordenarán la vida digital de las próximas décadas. Y aquí el .cat vuelve a adquirir todo su valor: no como una reliquia del pasado, sino como uno de los activos más sólidos y útiles para asegurar que la lengua y la cultura catalanas continúen teniendo voz propia en esta nueva etapa.
Por eso hoy celebramos el dominio, pero lo hacemos impulsando nuevas líneas de trabajo con un horizonte a veinte años vista. El .cat lidera un grupo con diez dominios más de todo el mundo que analiza cómo los motores de búsqueda tradicionales y los potenciados por inteligencia artificial tratan los contenidos vinculados a identidades culturales, lingüísticas y regionales. No es una iniciativa defensiva, sino nuestra contribución concreta a una cuestión general: si queremos que Internet continúe siendo un espacio de pluralidad real, habrá que intervenir también en las capas invisibles que ya ahora determinan qué se encuentra, qué se recomienda y qué queda fuera de foco. Porque estas decisiones no son solo técnicas, ni neutras: definen el futuro de Internet y, con él, una parte decisiva del futuro del mundo.
No llegamos tarde a este debate. Estamos en él desde el principio. Fuimos parte activa de Internet cuando la red apenas se estaba configurando, y podemos volver a serlo en su redefinición actual. No porque seamos una excepción admirablemente terca, sino porque nuestra experiencia es útil. Y universal. El caso del .cat demuestra que las comunidades pueden reconocerse, organizarse, construir infraestructura propia y contribuir al bien común digital más allá de ellas mismas. Es un ejemplo que habla del catalán, sí, pero también del modelo de Internet que defendemos: un modelo que no quiere resignarse a la homogeneización a la que algunos querrían condenarla.
Los próximos veinte años exigirán nuevas instituciones de la sociedad civil: flexibles, ambiciosas y capaces de representar a nuestra comunidad en un mundo en transformación constante. Instituciones que sepan entender la naturaleza tecnológica de estos cambios y sus consecuencias, defender derechos colectivos en entornos cada vez más deshumanizados y garantizar que la diversidad cultural y lingüística continúe teniendo lugar en las infraestructuras digitales del futuro. Este es el reto. Y este es el trabajo que Accent Obert, orgullosa heredera de la Fundació .cat, asume desde la experiencia acumulada durante veinte años de gestión del dominio .cat. Porque si el .cat ha sido un activo imprescindible para entender los últimos veinte años de Internet, todo indica que aún deberá serlo más en los veinte que ahora comienzan.

